¿Además, estamos desarmados frente al cambio climático?

Miguel Angel SarniPor Miguel Angel Sarni*

Llovió fuerte en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y murieron 8 personas. A las pocas horas, lluvias aún peores en La Plata dejan dudas sobre si murieron 60 personas o muchos más, sumando no reclamados e indocumentados, y sin entrar en cuestión de si se manipularon esos números. Las gravísimas inundaciones tuvieron como actor principal la “solidaridad de los argentinos”  asistiendo a sus conciudadanos con mucho aporte y dedicación personal.

Ya hace 30 años que se habla de cambio climático y los climatólogos de las Naciones Unidas lo consideran la peor amenaza de nuestros tiempos, de modo que echarle la culpa a la lluvia no aporta nada, sólo sirve para diluir responsabilidades.

Las inundaciones por catástrofes climáticas más frecuentes son las lentas, de río de llanura, como las del Paraná en 1905 y en 1998, de costo terrible, pero dan tiempo para evacuar a la gente. Como contrapartida, están las “flash floods”, las inundaciones relámpago de ríos de alta pendiente, como las de Tartagal en 2009.

En el 2003 inauguramos un nuevo tipo de inundación: la del Salado del Norte, río de llanura que se comportó como uno de montaña por ignorancia e inacción, y anegó 2/3 de Santa Fe capital, dejando algunos barrios bajo 5 metros de agua, un saldo inmediato de 28 muertos, medio centenar más a morir en el medio año que siguió por consecuencias indirectas que van desde la leptospirosis hasta el síndrome de post-trauma. ¿Pérdidas económicas? 2900 millones de pesos “de los de entonces”.

Si hay conclusiones a sacar, veamos qué cambió para mal en la administración pública Argentina, y qué cosas hay que replantearse si no queremos seguir discutiendo y llorando la muerte de seres humanos, y  lamentando la pérdida  de cuantiosos bienes materiales.

Es imposible entender, peor aún, es imposible no repetir lo que acaba de pasar en CABA-La Plata si no entendemos lo de Santa Fe en 2003

Vacíos de información

La cuenca del Salado, un módico río de llanura de 174 m3/segundo de caudal, es casi tan grande como toda Inglaterra: 125.000 km2. Durante la mayor parte del siglo XX, mientras esa zona tuvo ferrocarriles funcionales, las autoridades nacionales y las de la baja cuenca tenían información en tiempo real y mediana resolución geográfica del estado pluviométrico del sistema. No importaba si el tren pasaba todos los días o una vez por semana o una vez por mes, el jefe de cada estación debía reportar telegráficamente tres veces por día la temperatura, la presión y las precipitaciones al luego llamado Servicio Meteorológico Nacional. El cierre de ramales o su concesión terminaron con este servicio. Hoy los ferrocarriles están peor que nunca, y no es de extrañar que a sus concesionarios no se les exijan datos meteorológicos cuando en realidad no se les pide siquiera el mantenimiento del estado de vías o del material rodante.

En numerosas escuelas rurales, comisarías y municipalidades muy pequeñas, se han instalado antenas satelitales de doble vía”, capaces de recibir y emitir por vía satélite.

El Estado las debería aprovechar para mitigar los “vacíos de información

El 24 de abril de 2003, se produjo  el primer “flash flood” de río de llanura de la historia como consecuencia de la brutal onda de inundación del Salado.

La administración de Santa Fe, evidentemente sacó conclusiones de lo de 2003. El refuerzo en altura de las defensas pasivas de la ciudad vuelve la ciudad un plato sopero, bastante vulnerable a este nuevo patrón de lluvias “tropicalizado”, con aguaceros de 100 o 200 milímetros en pocas horas. Pero ante estos y otros avatares, hay defensas activas: bombas de gran potencia, para desagotar los sectores más bajos de la ciudad. Este año muy lluvioso ya han dado muestras de eficacia. Las autoridades están actuando bien.

La trágica inundación que padeció La Plata obligó a un ejercicio de memoria. La Universidad Nacional de La Plata presentó en el 2008 un Plan Director de Ordenamiento Hídrico que incluía medidas estructurales de contingencia. Fue olvidado con el tiempo.

El asunto es si el estado federal y la abigarrada red de partidos y municipios de la Pampa Ondulada donde se agolpan 14 millones de argentinos, la Región Metropolitana, se entera de que están haciendo las cosas mal. Y también depende de si ese mismo estado federal se decide a intervenir, haciendo gala en plantarse ante la prevención y control de catástrofes con esa misma autoridad que derrocha en controlar a los otros poderes del estado. Es mucho más fácil, por empezar.

El anti-modelo SIFEM

La pesadilla urbanística, logística e hídrica de CABA + GBA persistirá, aún si se logra que no crezca más. El asunto es administrarla, y fundamentalmente en las situaciones de crisis en las que el estado en todas sus formas y variantes (federal, provincial, municipal) desaparece. El huracán de otoño de 2012 en el Conurbano Oeste fue un ejemplo de tapa de libro. Las recientes inundaciones de La Plata, el libro completo.

Por eso, otra iniciativa federal (que nadie menta) es resucitar el Sistema Federal de Emergencias (SIFEM), y con la misma autoridad con la que se intentó crearlo en 1993: como organismo técnico que, en las crisis de impacto nacional, debía integrar un super-gabinete, con autoridad sobre los ministerios y responsabilidad directa ante la presidencia. No le digan a un ministro actual que pueden venir meros técnicos a darle órdenes. Y no le hablen de recurrir a las Fuerzas Armadas.

El estado desaparece ante las catástrofes creadas, en general, por ese “combo” atroz de una nueva realidad climática y sus desmanejos previos. Ya se sabe que se inunda Buenos Aires, que a falta de una fuerza policial tiene dos, y en la emergencia, ninguna. Se inunda La Plata y se entrega el “control” de la asistencia pública a agrupaciones políticas juveniles y a los punteros políticos barriales, mientras las narcomafias zonales proclaman su autoridad sobre esa tierra de nadie diciendo que se quedarán con la comida, los colchones y medicamentos. Ante las narices de la Policía Bonaerense, que no sabe qué hacer, forman patotas que desafían al mundo con indescifrables consignas futboleras, mientras la corriente arrastra cadáveres, y amenazan de muerte al personal médico movilizado desde otros lugares. Eso, a 50 kilómetros de Plaza de Mayo.

Un contraste notable con Santa Fe 2003, donde los equipos de las FFAA se desempeñaron con gran eficacia operativa en el control y ayuda social de la emergencia producida por las inundaciones. Los numerosos efectivos que intervinieron se dedicaron a la evacuación de personas aisladas y evacuaciones sanitarias, búsqueda de víctimas, instalación de plantas potabilizadoras de agua, distribución de agua potable, alimentos, raciones y medicamentos por modo aéreo y terrestre, control de bombas de agua, tareas de movimientos de tierra para construcción de puentes y defensas, reconocimientos terrestres y aéreos de zonas afectadas, vuelos para transportar toneladas de ayuda humanitaria, ayuda en la construcción de tinglados y viviendas de emergencia. Asimismo, el Ejército alimentó a no menos de 50.000 personas con raciones especialmente “diseñadas” para estos casos por convenio entre la Universidad del Ejército (IESE)  y el CERIDE (Centro Regional de Investigación y Desarrollo de Santa Fe).

Pero en La Plata a las Fuerzas Armadas, que son las instituciones del Estado mejor equipadas, instruidas y entrenadas para operar indefinidamente en campaña y en la adversidad (ya que toda guerra no es sino una larga catástrofe antrópica), casi no se les da arte ni parte.

A todo esto, el SIFEM, se entera uno, todavía existe, pero degradado a dependencia de tercer orden del Ministerio del Interior, aunque consume 200 millones de pesos anuales. No actuó cuando la erupción del volcán Puyehue, tampoco cuando la quema de pastizales de 2008, ni con la gripe H1N1 de 2009, y tampoco cuando la Angostura quedó bajo cenizas, ni en el huracán del conurbano Oeste de 2012. Es como un Mini-Cooper, el SIFEM actual: chiquito, gastador, y no lo quieras meter en el barro.

Debía, debió y debe dar ayuda a los damnificados, a través del área  “Protección Civil y Prevención de Emergencias”, que entre otras previsiones debía equipar y capacitar a  cuerpos de bomberos voluntarios. En La Plata no se vio nada de eso

A falta de instituciones, se puso al secretario de Seguridad, pero como se descubre sobre la marcha, no tiene normas ni estructuras de comando, control, comunicación e informaciones que respalden su accionar. Por ende, no logra gran cosa,

En suma, que hay que resucitar el SIFEM, y este organismo debe aprovechar al máximo la capacidad operativa de las Fuerzas Armadas. ¿O están solamente para hacer de Cascos Azules y desfilar? Con la indiferencia de las actuales autoridades y la preocupación de unos pocos, la sociedad argentina ha comenzado a entender las consecuencias últimas, de pertenecer a un país sin política de Defensa.

Una última reflexión: el ex presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, tan metido en tantas lejanas guerras, asistió impasible en 2005 a la peor catástrofe climática en tierra propia, el Huracán Katrina. La ayuda federal y la intervención de la Guardia Nacional fueron tardías, cuando ya había 1800 muertes. Poco antes, Bush se había encargado de hacer con el FEMA (Federal Emergencia Management Agency), el organismo federal para administración de catástrofes, lo mismo que se hizo aquí con el SIFEM: desjerarquizarlo y desmantelarlo. Sólo que el FEMA, antes de Bush, tuvo varios años de vida activa y el SIFEM se cayó del tótem estatal en meses. Nació muerto y hoy no se sabe qué hace con sus dineros.

Bueno, después de lo del Katrina, Bush perdió las siguientes elecciones. Y su partido Republicano, las que siguieron después. Esa agrupación política no ha logrado sacarse de encima la mancha de lo que no hizo tras aquel huracán, porque gran parte de su accionar posterior fue juzgado bajo esa luz.

Aquí y en el mundo, el cambio climático está reinventando la política, y los gobernantes hoy son medidos por lo que hacen o dejan de hacer ante el mismo. Creo que todavía no lo saben.

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(*) Miguel Angel Sarni es General de División (R) e ingeniero militar. Escribió “Educar para este Siglo”. Dunken

 

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