La educación en las FFAA debería ser prioridad

Miguel Angel SarniPor Miguel Angel Sarni *

La educación es la clave estratégica para hacer del conocimiento un medio para el desarrollo humano, es decir hacernos mejores personas. Provee el crecimiento económico, el bienestar, y es la pieza principal de la competitividad de las naciones. Los pobres resultados que arrojaron las pruebas PISA, dejaron al descubierto una cruel realidad: la educación argentina continúa su retroceso. En nuestro país los sistemas educativos con estándares claros y ambiciosos han dejado de ser prioridad. Confrontar ideas sobre una cuestión tan importante es un ejercicio que escasamente se practica.

Si la educación es el éxito de un país, lo es doblemente de sus militares. Una economía del conocimiento solo admite FFAA educadas, combinación frecuentemente imbatible.

Para escribir sobre educación militar, debemos analizar el escenario en el cual deberán desenvolverse. Los objetivos de defensas clásicos, puramente territoriales, hoy tienen una validez menor. ¿Qué tiene que defender un país? Los activos físicos de su territorio, la república democrática como mejor sistema de gobierno y, sin duda, sus industrias productivas y su sistema educativo, porque sin educación no hay generación de valor agregado, ni buen empleo, ni dignidad para la vida humana. Pero un mundo sometido a la incertidumbre de la fragmentación étnica, lingüística, religiosa y cultural, constituye una fuente creciente de conflictos internacionales que no reconoce nacionalidades ni fronteras.

Ha surgido un nuevo ámbito de enfrentamiento: la “creciente y cada vez más sofisticada” amenaza cibernética. Con el arsenal de virus, gusanos, troyanos y otras armas virtuales a disposición, se pueden discapacitar e intervenir las redes de comunicación civiles y militares, dejar a un país en apagón, a su ejército matándose a sí mismo “por fuego amigo” generado por falsas órdenes. Se podrían cortar los eslabones de la cadena de mando de un estado a niveles incluso municipales, y ponerlo de rodillas tras la desaparición “mágica” de sus activos financieros en el ciberespacio.

Las razones por las cuales EEUU no empleó tales armas contra el limpiador étnico serbio Slobodan Milosevic, sino medios convencionales (misiles Tomahawk, bombardeos de cierta precisión) tal vez hayan sido muy crueles: “Aquila non capit muscas” (el águila no caza moscas), decían los romanos. Estas cosas se reservan para enemigos grandes.

Un ciber-ataque que liquide el estado seguido por una invasión con armas convencionales nos dejaría sin país en pocos días. Pensemos en que bastó un día de ausencia policial para que Córdoba Capital, antes llamada “la docta” por lo ordenada y culta, fuera presa del pillaje. Y ahora que van cayendo presos, resulta que casi el 80% de los saqueadores eran adolescentes “ni-ni” (ni estudia ni trabaja).

Para estar en guerra o paz, hoy hay que profesionalizarse a través de la educación. Un dirigente empresarial, social o nacional que no maneje herramientas de acceso y manejo de información es un obsoleto o aculturado, un extranjero en suelo propio. Nuestros nietos tendrán que manejar otras herramientas y armas (de base matemática e interface lingüística) que ni siquiera se han imaginado. Y lo deseable (a la luz de que Google cerró 2012 con 50.000 millones de dólares de ganancia), sería que ese tipo de herramientas pudieran no sólo usarlas, sino inventarlas o modificarlas ellos mismos. Gastando parte de nuestro capital educativo de los ’60, nos volvimos el primer exportador de software de la región, con 612 millones ganados en 2012, pero esa industria –revolucionaria para nuestro país- tiene un techo: la falta de recursos humanos nuevos.

Desde hace décadas, verificamos un descenso en la calidad de la enseñanza. La escuela al uso es cada vez más facilista y enseña menos. Los complacientes la llaman “inclusiva”, pero el “bullying” y la creciente violencia entre alumnos, padres y docentes muestra que las aulas no pueden contener déficits sociales o familiares e incluir a nadie, en primer lugar, no cumplen seriamente con su función específica y básica de enseñar. La escuela que no enseña pero resocializa es un mito. Es apenas una guardería.

Como dice lúcidamente en La Nación el historiador Luis Alberto Romero: “Se ha consolidado un tipo de sociabilidad comunitaria, una forma de entender la vida y un conjunto de valores y expectativas singulares que ya no dependen de la falta de empleo. Ni el trabajo estable ni la educación ocupan un lugar central, y la ley tiene una significación relativa. Según el periodista Pablo Mendelevich, entre un tercio y un cuarto de la población urbana argentina funciona así.

El papa Francisco ha publicado su primera exhortación apostólica, titulada “Evangelii gaudium” expresando que se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores”.

Las pruebas PISA y los desórdenes sociales nos dicen que la Argentina debe recuperar la educación como valor. Numerosos profesionales poseen las capacidades necesarias para reconstruir la educación primaria y secundaria a sus niveles de brillo.

Dicen los estudiosos de la literatura medieval que los mejores cantares de gesta (el del Mio Cid, el de Rolland, el de la Hueste de Igor) se escriben en la derrota. Es verdad: perder enseña.

Tras la derrota de Malvinas, las limitaciones presupuestarias fueron escollos, pero no impedimentos para mejorar la calidad de los recursos humanos.

Entre fines de los 80 y el 2003, se impulsó un Sistema Educativo de Defensa que incluía una formación simultánea de la personalidad en el dominio de la ética y de la conducción de los hombres; una sólida capacitación profesional específica sumada a una intensa formación universitaria de sus oficiales en carreras de grado y posgrados; y una formación terciaria para suboficiales a través de pregrados y tecnicaturas. Todos capaces de expresarse mediante la acción en el terreno de las operaciones.

Los Institutos Universitarios de cada una de las tres FFAA fueron evaluados institucionalmente y acreditadas sus carreras de grado y posgrado por la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU). Sucedió entre 1995 y 2003. La exitosa matriz educativa de las FFAA con plena convergencia en el Sistema Educativo Nacional, permitía poner a disposición del Estado cuadros de oficiales y suboficiales con una apertura de espíritu destacable, gran capacidad de reacción y de adaptación para afrontar situaciones inestables y evolutivas. En síntesis, condenados a aprender permanentemente, con el objetivo de tener no solo hombres de armas de acción sino de pensamiento.

Tras más casi quince años de exigirse excelencia y apertura educativa; durante los últimos años, se suprimieron gran parte de los cambios excelentes del modelo de educación militar adoptado para la modernización de las FFAA.

Llamó la atención de otros países (como Francia), que vinieron a ver cómo, tras la derrota militar y política de Malvinas, y en una austeridad franciscana, se reconstruye un ejército “desde adentro”.

Nos faltó “el afuera”: de estos cambios la calle casi no se enteró, de modo que en 2003, cuando el nuevo rumbo se frenó, no parecía haber nada nuevo que defender. La renuncia a las disciplinas no castrenses del conocimiento produjo el regreso al pasado autista y cuartelero. Culpa de los que protagonizamos aquello, por no difundir el cambio a voces: nos venció nuestro propio espíritu corporativo, el mismo que tratábamos de cambiar por una cultura militar más moderna, tecnológica, y capilarmente conectada con el saber civil.

Si se debe hablar de estas transformaciones, en las que participaron el Ministerio de Defensa, oficiales de todas las jerarquías y profesionales docentes, es sólo porque hoy están en discusión. Y en una sociedad democrática, esa discusión es, por definición, de puertas abiertas.

Cuando hay claridad en las metas, convicción en los líderes, continuidad en las políticas institucionales, puede derribarse la mediocridad y el gatopardismo que se disfraza de falsa tradición y costumbrismo o se enmascara en circunstanciales partidismos.

Solo un proceso educacional de calidad permitirá formar hombres y mujeres capaces de pensar y de actuar de acuerdo con los valores asumidos por las FFAA como esenciales para la realización de la persona: verdad, justicia, libertad, seguridad, compromiso, vocación de servicio respeto por los principios éticos y filosóficos. Juntamente con los saberes profesionales llevan a desarrollar la persona humana en todas sus dimensiones, posibilitando un adecuado desempeño del militar, en una sociedad cada vez más compleja y cambiante.

Si, hoy, las FFAA se autoevaluaran, verificarían de inmediato que su debilidad principal, la que en un apuro impediría su funcionamiento, es la pérdida y deterioro de recursos humanos en casi todos los niveles, por factores de insatisfacción personal e imposibilidad de desarrollarse. Al clima de hostilidad política que se ha generado en los últimos años debemos sumarle su retroceso educativo, su escaso presupuesto y sus bajos salarios con un 50% de suplementos no remunerativos (en negro).

En este momento particularmente caótico de la historia humana, sin FFAA creíbles es bajar la expectativa de vida de nuestra nación como tal a décadas.

(*) Miguel Ángel Sarni es General de División (R) e ingeniero militar. Escribió el libro “Educar para este Siglo”

Artículo publicado en “Crónica y Análisis”. http://www.cronicayanalisis.com.ar/default.asp

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