Reflexiones sobre la Guerra de Malvinas

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Por Juan Carlos Neves*

El conflicto por la recuperación de Malvinas se inició en 1833 cuando Gran Bretaña invadió las islas  y las ocupó  por la fuerza o sea que tiene una antigüedad de 179 años. En el año 1982 Argentina recuperó el archipiélago por medio de una operación militar, ante el evidente fracaso de la acción  diplomática por falta de interés británico en dar solución al conflicto por esa vía. Cabe mencionar que desde 1965 las Naciones Unidas por intermedio de la resolución 2065 había dispuesto que Argentina  y Gran Bretaña debían discutir sin demoras el tema de la soberanía.

Resulta de interés considerar no solo los aspectos militares de la cuestión sino también la importancia geopolítica y estratégica del conflicto como así también esbozar cuales serían las acciones presentes que podrían contribuir a la recuperación final de las islas.

Acciones militares.

La recuperación de las Malvinas fue lograda mediante una operación  anfibia clásica efectuada desde un Buque de Desembarco apoyado por un portaviones y buques de escolta. Quiero destacar que el buque de desembarco era una unidad de construcción nacional botada en el Astillero de Río Santiago. Esto no es un dato menor ya que desde que ese buque fue retirado del servicio activo, la Argentina no consiguió reemplazarlo. Me consta que en diversas oportunidades se intentó obtener una unidad de desembarco a través de un leasing u operación similar de la Armada de los  Estados Unidos infructuosamente, lo cual en mi opinión, con fundadas evidencias,  fue consecuencia de la influencia británica. Esta circunstancia, más el hecho que los buques de la Armada de origen estadounidense fueron a la guerra luego de seis años de sufrir  el bloqueo de repuestos por aplicación de la enmienda Humphrey-Kennedy al gobierno militar y que los países europeos nos negaron el aprovisionamiento por decisión adoptada en la NATO, evidencia la importancia estratégica de disponer de una industria nacional de producción para la defensa.

En la etapa previa al desembarco británico se desarrollaron acciones aéreas y navales que resultaron motivo de estudio en todas las escuelas y foros especializados. Siguiendo la doctrina del Almirante Alfred Mahan la flotas argentina y británica buscaron el combate decisivo para obtener lo que el teórico norteamericano llamaba el “control del mar” mediante la destrucción de los buques enemigos. El primero de mayo y por única vez, la flota británica se puso al alcance de los aviones de despegue convencional argentinos embarcados en el Portaaviones ARA 25 de Mayo que no pudieron ser lanzados por problemas meteorológicos y técnicos (falta de viento y de velocidad del portaaviones para que las aeronaves pudieran decolar con su armamento completo).

Luego de ese día sucedieron dos eventos tácticos que tuvieron influencia estratégica. Uno fue el hundimiento del Crucero Belgrano por acción de torpedos lanzados por un submarino nuclear británico desde distancias superiores al alcance de detección de los sonares de los buques de escolta que protegían al crucero. Este hecho se sumó a la convicción de que Estados Unidos había comenzado a brindar información satelital que permitía a los británicos detectar las posiciones de las unidades argentinas  y a la amenaza de un segundo frente materializado por Chile. Esto influyó para que la flota argentina adoptara la estrategia de “flota en potencia” (fleet in being), que recomendaba el estratega francés Julian Corbett, para que una flota más débil mantuviera su amenaza durante todo un conflicto, evitando que su temprana destrucción dejara al enemigo el control sin oposición de las líneas de comunicaciones marítimas.

El otro hecho significativo fue el hundimiento del destructor británico Sheffield por medio de un misil aire mar Exocet lanzado desde un avión Super Etendart de la Armada Argentina. Este hecho mostró  a la flota británica que podía ser alcanzada y dañada, lo que ponía en riesgo toda la operación si el buque averiado o hundido fuera uno de sus portaaviones. Debido a ello, la flota británica se retiró a una posición al Este de las islas fuera del alcance de las aeronaves basadas en tierra argentina y a partir del allí el control de las líneas de comunicaciones marítimas fue disputado. Una de las flotas permanecía desplegada en el litoral bloqueada por submarinos nucleares y la otra se mantenía alejada amenazada por las incursiones aéreas. Fue la primera vez en la historia naval que la tecnología nuclear y misilística entraron en batalla y marcaron las pautas del enfrentamiento.

La última fase del conflicto se desarrolló en las islas a partir del desembarco británico. En esa etapa fue decisiva la movilidad de las fuerzas terrestres británicas (consideradas en el primer nivel de los países europeos de la NATO) y el decidido apoyo logístico brindado por los Estados Unidos, capacidades que permitieron lograr la rendición de Puerto Argentino luego de más de setenta días de conflicto.

Hubo un hecho significativo y poco comentado que merece una especial consideración en esta fase. El 4 de Junio de 1982 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas votó un cese de fuego para el conflicto de Malvinas que fue objeto del veto británico haciendo uso de la potestad de Gran Bretaña para ejercer el  derecho de veto en dicho Consejo. Si dicho cese de fuego se hubiera hecho efectivo, Argentina hubiera contraído obligaciones que le dificultarían a futuro mantener abierto el conflicto Malvinas pero Gran Bretaña, que se hubiera beneficiado grandemente, se hubiera visto privada de la victoria militar que alcanzó diez días después.  Sin embargo, según el derecho internacional, una rendición acordada entre autoridades militares no representa un compromiso para sus gobiernos.

Por ello, la derrota militar en las islas sólo retrotrajo el conflicto a la situación previa a la recuperación argentina pero no modificó los objetivos políticos de las partes de un modo que pudiera asegurar que no habrá una futura reanudación del conflicto. La fase posterior a las acciones bélicas que los teóricos denominan “war termination”, en que el conflicto se resuelve definitivamente a partir de la decisión formal y documentada de los Estados, nunca tuvo lugar y hubiera sido esencial para evitar el desgaste de una situación de fricción permanente.

A pesar de que Argentina aceptó el concepto del “paraguas” que permitió reanudar las relaciones con Gran Bretaña y de la firma de la  “Declaración conjunta de las delegaciones de la Argentina y el Reino Unido” de 1990 por la que se establecen medidas de confianza mutua consistentes en la notificación previa de desplazamientos de fuerzas navales  y aéreas lo cierto es que la situación de conflicto abierto generó  la creación de la Fortaleza Malvinas por parte de Gran Bretaña con los ingentes gastos que ella provoca.

El aeropuerto de Mount Pleasant es el centro de una base militar que alberga a alrededor de 1500 personas entre personal militar permanente (app. 500) y rotativo (app. 1000). Se mantienen allí en forma permanente cuatro aeronaves Typhoon, helicópteros, un destructor de estación (actualmente el moderno “Dauntless”), patrulleros de mar, artillería, misiles Rapier y todos los elementos logísticos de sostén. Además se entrena regularmente a una fuerza de defensa local y se adiestra al personal militar. Según cifras del Ministerio de Defensa Británico para 1992, diez años después de la finalización de las acciones militares, el gasto de defensa de las islas ya ascendía a 6000 millones de dólares incluyendo la construcción del Mount Pleasant y un costo de defensa de 52.000 dólares por habitante.

Por mucho que el poder militar argentino se haya deteriorado y que el gobierno nacional manifieste unilateralmente que sólo contempla acciones diplomáticas para la recuperación de Malvinas, el gobierno británico no puede dejar de mantener la estructura de defensa de las islas en tanto Argentina no renuncie explícitamente a sus reclamos de soberanía.

Aspectos geopolíticos

La decisión Argentina de enfrentar militarmente a Gran Bretaña representó un hecho histórico con profundas  y variadas connotaciones.

Un militar  brasileño me expresó un día, en confianza,  la preocupación que había causado en su entorno la guerra de Malvinas en los siguientes términos: “Si Argentina fue capaz de enfrentar a la tercera potencia del mundo apoyada por la primera, durante más de 70 días y causarle los daños que le infligió en término de derribos y hundimientos, nos atemoriza pensar lo que podría hacer en una confrontación con Brasil, sobre todo teniendo en cuenta que los argentinos son suficientemente “malucos” (locos) como para ir a la guerra sin medir las consecuencias”. Esa frase me recordó que un elemento esencial en la teoría de la disuasión, además de la capacidad militar, es la percepción de que un país es capaz de usarla llegado el caso.

Desde ese punto de vista la guerra de Malvinas dio una credibilidad al aparato de defensa argentino, entre los profesionales del ámbito regional, que no es percibido fronteras adentro. Hoy, con el debilitamiento manifiesto de nuestro sistema de defensa, esa credibilidad es quizás nuestro único elemento con fuerza disuasoria ante actores regionales que nos han superado ampliamente en términos de capacidades.

Otro factor importante en términos geopolíticos fue la definición que Malvinas forzó en el sistema de lealtades e intereses en América. Los Estados Unidos se vieron enfrentados a la decisión de apoyar a su aliado más firme en la NATO, crucial en el escenario de la guerra fría, o ser fiel a su condición de país americano y a su tradición de no permitir la acción militar de naciones extra continentales en su zona de influencia. Aunque su decisión de apoyar a Gran Bretaña fue previsible, no por ello dejó de tener consecuencias tales  como firmar el certificado de defunción de Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y demostrar en forma práctica que los países latinoamericanos no podían confiar su defensa en su aliado del Norte.

Malvinas también alteró el sistema de alianzas implícitas y los tradicionales sentimientos de confianza y desconfianza existentes entre los actores nacionales sudamericanos. El caso más influyente fue el de la relación entre Argentina y Brasil. Existía entre sectores de las fuerzas armadas argentinas la sospecha de que la tradición imperial brasileña y las viejas disputas entre ambos países sólo esperaban la oportunidad para traducirse en una agresión directa. Sin embargo cuando esa oportunidad surgió, Brasil procedió como un vecino confiable que no sólo honró su condición de país neutral sino que brindó la ayuda posible a nivel diplomático y aún logístico. Esa actitud  fue, en mi opinión, un factor fundamental para permitir el posterior tratado de integración entre Argentina  y Brasil que no hubiera sido posible en un clima de desconfianza o con la oposición de los sectores nacionalistas y geopolíticos.

Finalmente el conflicto de Malvinas, única guerra en el siglo XX en que Argentina participó en defensa de intereses exclusivamente nacionales y el único conflicto bélico que escapó a la lógica de la guerra fría luego de la Segunda Guerra Mundial, marcó el fin del factor militar en la vida política argentina y evidenció los inconvenientes de que un único sector controlara el nivel de decisiones políticas y militares.

Sin duda, estas cuestiones y otras que escapan a este análisis marcan la importancia que tuvo el conflicto de Malvinas en términos geopolíticos y que hoy pueden percibirse luego de 30 años, a medida que nace un nuevo movimiento de unidad latinoamericana y que Argentina redescubre el valor de sus combatientes y la proeza épica que significó aquella guerra para un país políticamente aislado y militarmente mucho más débil que sus (dicho en plural) oponentes de entonces.

Estrategias de recuperación

Como en toda pérdida, luego de la guerra de Malvinas, Argentina vivió una etapa de negación, luego una de duelo y es nuestra misión que jamás se llegue a la etapa de resignación pues la causa no ha muerto sino que se ha sufrido la derrota en una batalla de un largo conflicto que comenzó en 1833 y que terminará cuando las Islas  Malvinas vuelvan a estar bajo la soberanía de sus legítimos  dueños.

En los años posteriores a la guerra, Argentina recompuso las relaciones con Gran Bretaña y ha limitado sus acciones reivindicatorias a los reclamos anuales ante el Comité de descolonización y declaraciones poco efectivas en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Año tras año surge la recomendación de esa organización para que las partes negocien la soberanía pero como esa recomendación no tiene fuerza dispositiva Gran Bretaña la ignora sin consecuencias. Veamos qué cosas podrían alterar esta rutina inconducente para los intereses nacionales.

En cualquier conflicto se parte de un “status quo” o sea de un estado de cosas determinado que favorece a una de las partes y mantiene disconforme a la otra porque si no fuera así, no habría conflicto. En el caso de Malvinas es evidente que el estado de cosas actual favorece a Gran Bretaña que tiene la ocupación efectiva  y cuanto más pasiva sea la Argentina menos proclive será Gran Bretaña a negociar una modificación de la actual situación. El único factor de debilidad que enfrentan los británicos es el costo de la guarnición que, como ya dijimos, no pueden dejar de sostener mientras el conflicto siga abierto.

En su favor tienen el firme y decidido apoyo de los isleños (kelpers) que desean mantener su condición de británicos, la capacidad de auto sustentación que brindan las riquezas ictícolas de las islas  y la posibilidad de explotar yacimientos petrolíferos  en el área marítima. Está claro que Argentina es quien debe actuar para modificar el “status quo” y empujar a los británicos a la mesa de negociación atendiendo los intereses pero no los deseos de los kelpers ya que la decisión de fondo es una decisión que deben tomar dos Estados soberanos.

La conmemoración de los 30 años de la recuperación ha servido de incentivo para que el gobierno argentino renovara con distintas acciones el reclamo de soberanía. A las tradicionales declaraciones diplomáticas se ha sumado la interesante iniciativa de recabar la solidaridad  regional aprovechando la existencia  de nuevas organizaciones tales como la UNASUR y el MERCOSUR más comprometidas con los intereses regionales que la OEA misma. Las acciones concretas tales como la negativa a recibir buques con bandera de las islas, acordadas con distintas naciones sudamericanas, han tenido un efecto sensible para poner nuevamente el caso Malvinas en la agenda internacional. También se ha sumado la posibilidad de revisar la autorización de permitir la escala en Río Gallegos a los vuelos que van desde Chile a las Malvinas y las denuncias  en distintos foros de la presencia de los medios militares británicos en el Atlántico Sur. Sin embargo, hasta el presente todo ello no parece suficiente para que Gran Bretaña considere siquiera examinar su cerrada negativa a sentarse en una mesa de negociaciones conforme lo ha recomendado reiteradamente la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Más allá del consenso existente en que la recuperación de las Malvinas, en esta nueva etapa, debe encarase esencialmente por la vía diplomática, la maniobra estratégica debería contemplar toda la gama de acciones capaces de contribuir al logro del objetivo. Hace un tiempo se le preguntó a un funcionario estadounidense si su país contemplaba entre sus opciones el uso de la fuerza para resolver el conflicto desatado por el presunto desarrollo de armas nucleares por parte de Irán y contestó: nuestro país no descarta ninguna opción cuando se trata de defender sus intereses. Sólida respuesta. Argentina debe trabajar para recuperar las islas a través de la negociación pero no debe permitir que Gran Bretaña descarte ninguna opción por parte nuestra. Su costo en defensa debe mantenerse alto y el alerta de sus hombres debe ser permanente. Están en un territorio ajeno y sostenido por el uso de la fuerza y deben ser siempre conscientes de ello.

El sistema de defensa argentino debería incorporar a la brevedad por adquisición o construcción elementos de proyección de poder naval, concretamente un buque de desembarco, contemplar la recuperación de su capacidad de contar con un buque con capacidad de portar aeronaves de ala fija, reconstituir su menguado poder aéreo y revisar los acuerdos que nos inhiben de desarrollar misiles de largo alcance. Estas capacidades contribuirían también a recuperar un perdido equilibrio en el orden regional y a poder operar en forma eficaz con las marinas amigas del continente.

Los acuerdos de pesca deben tender a dificultar la explotación pesquera por parte de los isleños y Argentina debería endurecer su postura con respecto a los vuelos a las islas que no salgan de nuestro territorio. La política de buenos amigos que protagonizó el Canciller Di Tella probó su fracaso ya que nada hay más favorable a quien tiene un “status quo” que lo favorece, que hacerle la vida sencilla y disminuirle los costos. Por ello son importantes las acciones tendientes a sancionar a las empresas que exploren o exploten recursos petrolíferos en áreas marítimas que al presente son litigiosas y la revisión total o parcial de los tratados que permitieron a Gran Bretaña reforzar sus posiciones en las islas y normalizar sus relaciones con la Argentina como si el conflicto no existiera, sin contrapartidas o concesiones efectivas hacia nuestro país. Toda la relación con Gran Bretaña debería estar condicionada al problema Malvinas porque no se puede ignorar ni aceptar pasivamente un caso flagrante de usurpación territorial y de rechazo sistemático a las recomendaciones de Naciones Unidas.

En este clima, el segundo elemento importante es plantearnos qué vamos a hacer con y en las Islas Malvinas cuando las recuperemos. Hay que decidir qué política migratoria estableceremos en ese frágil entorno ecológico, qué inversiones haremos o permitiremos, qué medios navales y aéreos destacaremos a las instalaciones militares que nos quedarán en herencia, etc, etc. De hecho nadie creerá que nuestras intenciones de recuperación son serias si no sabemos decir para qué queremos estar allí, independientemente de nuestro inalienable derecho a estar. Si tenemos un plan sólido para el desarrollo y el futuro de las islas, podremos plantear más fácilmente las bases de una negociación.

En mi opinión Argentina debería  presentar en el ámbito de los organismos internacionales un documento unilateral con las “Bases de negociación para la restauración de la soberanía argentina en las Islas Malvinas” de modo de lograr el consenso internacional para que Gran Bretaña se vea forzada a negociar o expresar un rechazo formal que la saque de la magnífica indiferencia con que recibe las actuales recomendaciones genéricas a tratar el tema de la soberanía.

Es evidente que además del incentivo negativo que significaría el endurecimiento de las relaciones con Argentina debería haber incentivos positivos para alentar la negociación. Algunos de los puntos en ese sentido podrían ser:

-Malvinas podría ser una provincia no dependiente de Tierra del Fuego, elegir sus autoridades localmente y designar sus tres senadores lo que le daría peso político.

-Se establecería la educación bilingüe, un adecuado período de adaptación para el cambio de mano de circulación y el respeto a la forma de vida local.

-Se contemplaría compensar económicamente a Gran Bretaña por las instalaciones militares  que se recibirían con la posesión de las islas.

-Se contemplaría firmar acuerdos para dar prioridad a empresas británicas en la explotación  conjunta de los recursos petrolíferos y pesqueros.

-Se contemplaría fijar una compensación para los “kelpers” que desearan abandonar las islas antes del traspaso de la soberanía. Como ejemplo nótese que, dado que los habitantes de las islas no superan las 3000 personas una compensación por dejar sus domicilios y su tierra natal de un millón de dólares a cada uno no superaría los 3000 millones en total. Si se piensa que hace pocos años hemos pagado 10.000 millones de dólares con reservas al FMI la cifra no parece tan abultada en términos de lo que recuperaríamos.

– A los isleños que decidieran permanecer se contemplaría compensarlos con la mitad de lo sugerido para los que abandonen el territorio para cubrir los gastos e inconvenientes derivados del cambio de soberanía.

– Se establecería una política migratoria durante un período a fijar, para que los argentinos que quisieran residir en las islas lo hagan con trabajo asegurado o sean inversores dispuestos a radicar empresas bajo un plan gubernamental que contemple el respeto al medio ambiente y la cultura local.

A quienes les parezca cuestionable invertir dinero en la recuperación de lo que es nuestro, les recuerdo que los Estados Unidos le compraron a Méjico el territorio que le habían ganado en la guerra y que los mejicanos no tenían posibilidad de recuperar a fin de asegurar el “war termination” o sea cerrar definitivamente el conflicto.

El debate  puede ser muy amplio pero de lo que no caben dudas es que las estrategias para la recuperación de Malvinas exigen políticas proactivas. Quedarse en la queja permanente es inconducente y patético. Si fuimos capaces de ir a la guerra por recuperar un territorio no debemos dejar dormir nuestros derechos y para ello debemos despertar a nuestra diplomacia, desplegar nuestra imaginación y no olvidar también mostrar cada tanto que todavía nos quedan dientes para morder a quien ignore nuestra voluntad de acordar. Recuerden que todo conflicto debe ser solucionado antes que ignorado para evitar consecuencias dolorosas.

Acerca de la guerra y los que participamos en ella

La recuperación de la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, es una política de Estado, lo que significa que constituye  un objetivo nacional permanente más allá de la ideología y la circunstancia de cada gobierno argentino.

La forma en que la búsqueda de ese objetivo es encarada responde al momento histórico y a la visión del gobierno de turno pero todos los caminos son valiosos si suman a la causa. Sin remontarnos demasiado en el tiempo apreciamos la importancia que tuvo lograr la resolución 2065 en las Naciones Unidas que nos permite reclamar la presencia británica en la mesa de negociaciones. La recuperación de las Islas en 1982 mediante el uso de la fuerza, justificada por la falta de voluntad británica para negociar y la expulsión del grupo de argentinos que trabajaba en las Georgias, puso al conflicto de Malvinas en la agenda mundial y demostró que la voluntad argentina de obtener la soberanía de las islas iba más allá de un reclamo retórico.

La re invasión británica no modificó ese concepto sino que permitió apreciar que la Argentina defendió lo que consideraba sus legítimos intereses hasta las últimas consecuencias. La política que implementó el Ministro de Relaciones Exteriores, Guido Di Tella, consistente en tratar de “seducir” a los “kelpers”, sirvió por el absurdo porque demostró la inutilidad de tratar de convencer con demostraciones de buena voluntad a los ocupantes ilegales de las Malvinas, quienes se limitan a recibir  lo que se les ofrece pero ni siquiera consideran la posibilidad de pasar a ser argentinos. Finalmente, los intentos actuales de transformar la recuperación de  las Malvinas en una causa regional también presentan aspectos favorables cuyo alcance se comprobará con el tiempo.

Lo que resulta impropio, es el rechazo y la descalificación de la “guerra de Malvinas” con que algunos sectores de la sociedad y el gobierno argentino pretenden diferenciar sus reclamos actuales con la acción desarrollada por el gobierno militar de entonces. Por una parte esto constituye un error político porque la continuidad jurídica de los estados hace responsable ante  cualquier reclamo o violación del derecho, a la Argentina como nación, antes que a los circunstanciales gobernantes que tomaron una decisión.

Por otra parte, es anímicamente desolador hablar de héroes y muertos por la patria y agregarles que lo fueron en una guerra absurda, irreflexiva e innecesaria. Lo peor además es que no es cierto. La operación anfibia “Rosario” con que se concretó la recuperación incruenta de las Malvinas (excepto por la muerte de un héroe argentino) fue precisa, impecable y profesionalmente brillante porque respondía a un estudiado planeamiento que siempre estuvo listo para el momento en que se requiriera su ejecución. Los militares profesionales y los ciudadanos alistados tuvieron en el transcurso de la guerra  los medios y la preparación esperable para una nación con escasos antecedentes bélicos  en lo que iba del siglo pero combatieron con vigor y convicción. En los casos en que los medios permitían el empeñamiento en condiciones apropiadas, como sucedió en las batallas aéreas y aeronavales, los desempeños fueron extraordinarios, lo que fue  reconocido internacionalmente.

Finalmente a los que argumentan que no debería haberse iniciado una acción militar en condiciones desfavorables les cabe como respuesta que si solo se pelearan las guerras en que de antemano hay superioridad, seguramente aun seguiríamos siendo colonia, española o británica, ya que contra ambas potencias peleamos en condiciones desfavorables. Que no habríamos enfrentado a la flota anglo francesa en la batalla tan justamente ponderada de la Vuelta de Obligado y que posiblemente el mundo se hubiera entegado ante el poder del nazismo. La historia muestra que las naciones pelean en defensa de sus intereses ideales y materiales, simplemente, cuando corresponde hacerlo.

Los que participamos de la “guerra de Malvinas” estamos orgullosos de haber combatido por ideales tales como la defensa de la patria y la soberanía nacional. Decir que los muertos lo fueron en vano, es un  sacrilegio y una falsedad. Cada uno de los compatriotas que quedaron sepultados  en Malvinas o en el fondo del Atlántico Sur es un héroe nacional que valoriza con su vida la causa por la que luchó y es un orgullo para sus familiares y para todos los argentinos que lloramos sus muertes pero que nos dignificamos con su ejemplo. Su sacrificio nos recuerda el valor de la espiritualidad por sobre el materialismo cotidiano y nos compromete con la recuperación de Malvinas  y con el amor a la patria. Los que tuvimos la suerte de sobrevivir y ser llamados con honor “veteranos de guerra”, tanto los militares profesionales como los soldados bajo bandera, deberían ser tratados con respeto y admiración porque son los que cuando la patria llamó supieron cumplir con su deber. Es importante tenerlo presente a los 30 años de una gesta gloriosa, que nadie tiene derecho a empañar.

                                                                                            Buenos Aires, 29 de Marzo de 2012

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* El autor es Contralmirante Retirado, Veterano de Guerra de Malvinas y Master en Relaciones Internacionales.

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