Un modelo de fuerzas armadas para este siglo

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Por Miguel Angel Sarni *
Para LA NACION

¿Vale la pena tener fuerzas armadas, hoy? La respuesta depende de otra pregunta: ¿Qué tiene que defender un país? Los activos físicos de su territorio, la república democrática como mejor sistema de gobierno y, sin duda, sus industrias productivas y su sistema educativo, porque sin educación no hay generación de valor agregado, ni buen empleo, ni dignidad para la vida humana.
Nada de esto se gana con las armas. Pero en un mundo sometido a la incertidumbre de la fragmentación étnica, lingüística, religiosa y cultural, asentado sobre un mapa de imperios económicos cuya correlación de fuerzas cambia a ojos vista, nada de esto está enteramente a salvo sin las armas.

Los objetivos de defensa clásicos, puramente territoriales, hoy tienen una validez menor. Los conflictos de hoy tampoco son los de hace casi veinte años. Y también la tecnología bélica ha cambiado, así como las reglas internacionales aplicadas a la provisión de armamento. Nada es igual desde que cayó el Muro de Berlín. Quedó momentáneamente lejos el peligro de la Cuarta Guerra Mundial, pero el mundo arde en las pequeñas hogueras de decenas de conflictos regionales, que pese a su baja intensidad pueden ser infinitamente crueles.

América del Sur se encuentra hoy unificada por un tejido de alianzas económicas entre democracias. En ese marco, unos pocos Estados han optado de hecho, y sin mayor reflexión, por un casi desarme unilateral. Jamás esos países fueron militarmente tan débiles en armamento, organización y capacitación.

Las justificaciones de este proceso, que lleva más de dos décadas, han sido diversas. Algunas corrientes de izquierda todavía mantienen el sentimiento antimilitar contra las Fuerzas Armadas, sin ver que al reducirlas a la inoperancia están destruyendo uno de los núcleos permanentes del Estado, que dicen defender. Tal vez es hora de que esa izquierda cambie de enemigos.

Cierta derecha opta por el pensamiento enlatado y dice cosas como que la globalización ha hecho obsoletas las naciones. Basta leer los diarios para comprobar lo contrario: la globalización incrementó exponencialmente el comercio internacional entre algunas naciones que gozan de buena salud y de aún mejor armamento.

Dentro de este contexto, hay naciones en peligro: por una parte, los Estados fracasados, que han dado origen a las fuerzas internacionales de paz. Por otra, países con grandes recursos naturales, pero sin capacidad política o militar para defenderlos.

Si además de los diarios uno lee libros de historia, sabe que unificarse en países y nacionalidades es innato a la condición humana. Es utópico imaginar que desaparecerán las fronteras. La pertenencia a un país forma parte de los requisitos mínimos de cualquier persona y organiza otras pertenencias: de familia, de afectos, de tradiciones y de idioma, así como la percepción grupal de objetivos y amenazas comunes.

La paz universal está tan lejos hoy como hace mil o dos mil años, pero las armas son infinitamente mejores que las de entonces, y los conflictos de interés por recursos naturales o por mercados, mucho peores. El desarme podrá ser un objetivo deseable, pero por ahora sólo ha sido “privilegio” de países derrotados en guerra o de protectorados que pactaron su defensa con otros países mayores. Y el precio por ese pacto suele ser su eternización como país menor.

Y esto se sabe. Por eso, a pesar del progreso del Mercosur y de la solución de los problemas limítrofes de la Argentina, nadie ha querido proponer en voz alta un desarme unilateral. Y, sin embargo, ocurrió. En cámara lenta, pero ocurrió.

¿Qué necesitan las fuerzas armadas para cumplir con su rol en el siglo XXI?

a). Bases legales: la promulgación de un conjunto de leyes y sus reglamentaciones relacionadas con la defensa deben dar lineamientos claros, precisos y concretos para elaborar un diseño estratégico de fuerzas, independientemente de los cambios de conducción militar y nacional.

b). Preservar la calidad y el prestigio en la conducción de las fuerzas: los hombres designados deben ser de confianza de las instituciones, no sólo para el Poder Ejecutivo, sino para la ciudadanía toda. Hay que legislar un mecanismo de selección de la cúpula militar basado en el esfuerzo, la dedicación y capacidad profesional, y desligado de la cercanía del gobierno de turno. Así también hay que definir un período lógico para la gestión de la jefatura militar, que no sea coincidente con la duración de los mandatos presidenciales.

c). Presupuesto: el gasto dedicado a defensa no se puede decidir irracionalmente. Un proceso de reestructuración inorgánico, fruto únicamente de restricciones presupuestarias, lleva siempre al deterioro de la capacidad operativa. El presupuesto militar tiene que ser un resultado del debate, y los ciudadanos deben poder evaluar en qué y cómo se lo gasta, sabiendo que se trata de alcanzar un determinado fin; el mismo que debe regir la escala salarial del personal militar. Y ese fin debe ser la eficiencia operativa. Hoy, en lugar de los viejos ejércitos de masas dirigidos por una elite, los que ganan guerras son ejércitos pequeños, enormemente capacitados y bien armados. Y no hay por qué creer que esos ejércitos pequeños son más baratos.

d). Modernización de la educación militar: la educación militar debe ser la prioridad y debe insertarse en el respectivo sistema educativo nacional. No por demagogia ni para incrementar el número de uniformados en las universidades civiles, o la de civiles en los centros académicos castrenses, sino porque una sociedad que trata de ser del conocimiento necesita de fuerzas armadas cultas, capaces de absorber y generar adelantos tecnológicos, y de gestionar sus propios programas de investigación y desarrollo. Las fuerzas armadas más avanzadas del mundo se basan en el conocimiento y el dominio de la tecnología, sobre los cuales se sustenta el liderazgo moderno.

e). Avance en la integración interfuerzas: dar prioridad al accionar militar conjunto entre las tres fuerzas, habituándolas a unificar sus doctrinas, su entrenamiento, su educación y su tecnología. Esto se complementa administrativa y logísticamente con la concentración de los comandos en cada una de las zonas, la creación de unidades conjuntas y la unificación de escuelas de perfeccionamiento.

f). Responsabilidades tecno-industriales para la defensa: la única función de las fuerzas armadas, en realidad, es ser operativas y creíbles. Si deben entrar en guerra, es porque alguien creyó, con razón o sin ella, que no lo eran. Y hoy, esta credibilidad depende en gran medida de su equipamiento tecnológico, una parte del cual se puede y debe fabricar localmente por cuestiones de costo. Lo científico, lo tecnológico y lo industrial son la médula misma de una política tecno-industrial de la defensa.

Muchos países que han emergido de conflictos internos hoy anteponen el interés nacional y dan vuelta la página del pasado en nombre de un bien superior: el futuro de la Nación. Las Fuerzas Armadas son parte del Estado y de la Nación.

Los puntos expuestos apuntan a darle a las fuerzas armadas el sentido de unidad, cohesión, disciplina y autoestima. Deben sentirse parte del diseño de un sistema de defensa, y de un proyecto de Nación.

© LA NACION
Reproducido por UPMAC con autorización del autor
* El autor es general de división retirado e ingeniero militar. Escribió Educar para este siglo.

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