Una política tecno-industrial para la Defensa

Por MMiguel Angel Sarniiguel Ángel Sarni (*)

La única función de las fuerzas armadas es ser operativas y creíbles. Si deben entrar en un conflicto, es porque alguien creyó, con razón o sin ella, que no lo eran. Y hoy, esta credibilidad depende en gran medida de su equipamiento tecnológico, una parte del cual se puede y debe fabricar localmente por cuestiones de costo. Lo científico, lo tecnológico y lo industrial son la médula misma de una política tecno-industrial de la Defensa.

El Poder Ejecutivo ha definido un plan de inversiones para el equipamiento de las FFAA que compromete la compra de armamentos en los próximos cinco años por un monto de 10.000 millones de pesos. Estas inversiones están orientadas principalmente a la compra de aviones de combate, la construcción de un submarino nuclear con el casco del viejo ARA Santa Fe, la compra de corbetas y la repotenciación del Tanque Argentino Mediano. Si bien una vez aprobado el presupuesto nacional anual en el Congreso, sus partidas pueden ser redistribuidas a criterio de la Casa Rosada, es de esperar que el Plan de equipamiento se concrete. Debemos recordar que la ley 24.948, de reestructuración de las Fuerzas Armadas (Marzo 98), aprobada por unanimidad en el Congreso, contemplaba pautas de modernización institucional que incluía un importante plan de inversiones para equipamiento durante cinco años. El problema es que de todo ello no se invirtió ni un peso.

Donde la situación da más esperanzas es en el diseño y la construcción de radares y de VANTs (Vehículos Aéreos No Tripulados).

En materia de radares, en 2004, la firma estatal rionegrina INVAP, número uno mundial en pequeños reactores nucleares, recibió un contrato oficial para lograr dos sistemas distintos: un 2D de control de tráfico aéreo colaborativo, y un 3D militar para detectar tráfico no colaborativo u hostil, capaz de lidiar con contramedidas de guerra electrónica. Una variante naval del 3D acaba de reequipar al estragado rompehielos “Almirante Irízar”.

Los empresarios privados, particularmente en Córdoba, mostraron una notable actividad para desarrollar VANTs de clase I y II (decenas de kilos, y hasta 200 kg): el Lipán, el Caburé, el Strix, el M-COM y los helicópteros CH-6 y CH-7. Estos empresarios audaces vendieron su producción a distintas fuerzas armadas y de seguridad, pero jamás obtuvieron pedidos que les permitieran salir de la escala artesanal.

Como ya pasó antes en nuestra historia aeronáutica, la Argentina termina fabricando puros prototipos. El hito de referencia en esta historia de frustraciones es el ya mítico IA-33 Pulqui II, que bien pudo ser el mejor caza monoturbina de los años ’50, que sumó 400 pedidos de tres fuerzas aéreas (Pakistán y Bélgica, además de la propia) y jamás se fabricó por una decisión puramente política. Sólo de vez en cuando nuestro país se decide a fabricar algún avión notable en cantidades suficientes para satisfacer usos internos (recordemos el Pucará y el IA-63 Pampa, en los ’70 y ‘80), pero que rara vez generan interés externo (pese a su calidad) por demasiado caros. Y son caros básicamente por falta de escala.

Son muchos los países latinoamericanos que usan VANTs en asuntos policiales, de inteligencia, de combate al narcotráfico y con eventuales prestaciones bélicas, y varios de ellos tienen desarrollos propios (Brasil, Colombia, Chile, Argentina, Uruguay). Pero en la clase III (aparatos de más de 1 tonelada y grandes prestaciones en velocidad y/o alcance), capaces de llevar armamento, hay sólo dos exportadores mundiales: EEUU e Israel. Los VANT son inherentemente más baratos que los aviones tripulados, de modo que la Argentina podría tener una segunda oportunidad aeronáutica en el mercado mundial si concentra sus energías dispersas en lograr unos pocos sistemas de excelencia, especialmente en la clase III, y que se puedan integrar con componentes exclusivamente regionales, no sujetos a boicot por fabricantes externos.

Destaco esto porque la compra de material usado de la OTAN nos ha jugado siempre en contra: los 36 A4R Skyhawk, aviones de ataque comprados de tercera mano a los EEUU en los ’90 para reponer los modelos B, C y Q perdidos en la Guerra de Malvinas, hoy están mayormente incapaces de volar.

Con el intento de compra de una docena de perimidos Mirage F1 a España –que por suerte bloqueó Francia- se incurrió en un riesgo similar. Se persiste en lo mismo al trasladar el pedido a Israel por 18 Kfir Block 60 (una mejora israelí del Nesher, copiado del Mirage V y vendido aquí como Dagger). Esos Kfir están juntando polvo en el desierto desde hace 20 años, cuando salieron de servicio, y los propulsaba la turbina General Electric J-79 cuyas únicas debilidades son que las provee el país líder de la OTAN, y que ya no se fabrican.

A diferencia de los aviones tripulados, los VANT ofrecen la oportunidad de empezar de nuevo a este país, fabricante aeronáutico independiente desde 1927 por decisión del presidente Hipólito Irigoyen e iniciativa del brigadier Juan Ignacio San Martín. De haber mantenido una trayectoria soberana, industrial y coherente desde mediados de los 50, la Argentina bien podría ocupar la posición de 3er constructor mundial lograda hoy por Brasil gracias a su buen manejo de EMBRAER. Para no perder esta ultimísima oportunidad, se agrupó en un consorcio a los empresarios particulares, y a INVAP, la FAdeA de Córdoba y el CITEDEF (Centro de Investigación Tecnológica para la Defensa) como instituciones del estado. Las pequeñas compañías que integran el Consorcio (Nostromo, Tesacom, Volartec, FixViews, Tedicem, Aerodreams) forman el proyecto SARA (Sistema Aéreo Robótico Argentino).

El Plan de Inversiones de Defensa debería haber considerado la recuperación de las capacidades tecno-industriales nacionales revitalizando Fabricaciones Militares. Con su inteligencia y su capacidad el Tcnl. Savio propuso en 1933 la industrialización del país. Llevó a cabo un proyecto sostenido en etapas, creando numerosas fuentes de trabajo calificado para los argentinos.
La primera fue la creación de la Escuela Superior Técnica, institución que se abocó durante décadas a la tarea de formar los ingenieros militares, pero que hace relativamente pocos años fue abierta a la comunidad civil para la calificación ulterior de ingenieros, según resolución del Ministerio de Educación 2768 (1992). Daba una avanzada especialización teórica y práctica.

La segunda etapa fue la Ley que creó la Dirección de Fabricaciones Militares que organizó fábricas, diseminadas estratégicamente en el país. Éstas actuaron como polos industriales no solo para la defensa nacional, sino que promovieron el autoabastecimiento industrial, la investigación de los recursos naturales y apoyaron la industria privada, calificándola en nivel técnico al aceptarla como proveedora.

La tercera etapa fue el “Plan Siderúrgico Argentino” convertido en Ley Nacional, para establecer la política que debía ser base del desarrollo de una industria pesada argentina.
En los últimos veinticinco años, se buscó desmantelar la obra de Savio, sin comprender que perjudicaba la política de industrialización de nuestro país y a todos los argentinos que eran sus destinatarios. Esto generó desocupación, atraso, exportación de divisas y dependencia tecnológica.

Dentro del objetivo de fomentar “La vida industrial del país” Savio concibió la industria de Defensa con un concepto sistémico de Fábricas Militares. En muchos casos pequeños pueblos se convirtieron en importantes ciudades.

En la actualidad, permanecen funcionando en la órbita de FFMM solo tres de estas plantas: en Santa Fe-San Lorenzo la Fábrica Militar “Fray Luis Beltrán” (munición y materiales de armas portátiles), en Córdoba-Río Tercero la Fábrica Militar de munición y materiales de Artillería y en Córdoba-Villa María la Fábrica Militar de pólvoras y explosivos. Se ha sumado la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos Azul.

Sufrieron confusas privatizaciones y/o cierres la mayoría de las fábricas militares, y hablo de ocho: en la Provincia de Buenos Aires: la Fabrica Militar San Martin (afustes y aparatos de puntería, material de comunicaciones, bateas de tanque, etc), la Fábrica Militar de Vainas y Conductores Eléctricos “ECA”, la Fábrica Militar de Tolueno Sintético, la Fábrica Militar de Acido Sulfúrico; la Fábrica Militar de Materiales Pirotécnicos. En Córdoba sufrió igual suerte la Fábrica Militar San Francisco (munición de armas portátiles); en Santa Fe, Rosario, la Fábrica Militar de Armas Portátiles “Domingo Matheu”; y en Jujuy-Palpalá el Establecimiento Siderúrgico Altos Hornos Zapla.

Estas plantas no se limitaban a la producción militar. Fabricaron para la actividad privada material ferroviario y de subterráneos, aceros especiales, transistores. Fueron las pioneras nacionales en la producción de televisores, productos químicos para uso frigorífico y agrícola, discos de arado; armas deportivas, y la lista sigue. Una salvedad importante: hablo de productos de calidad. Cualquier constructor civil argentino lamenta la desaparición de los cables ECA: eran tan buenos como el mejor oferente privado (la Pirelli italiana), pero mucho más baratos.
El nuevo proyecto debería incluir la conformación de fábricas militares con capitales del Estado a través de Fabricaciones Militares y capital privado, con eventuales asociaciones de países sudamericanos como Brasil, Chile, u otros que no pertenezcan a alianzas con las que persisten hipótesis de conflicto. Sus producciones deberían ser duales (militares y civiles) como sucediera hasta los años ’80, adaptadas a un mundo que ha cambiado.

Algunas sugerencias de Fábricas Militares que nos hacen falta urgentemente:
* Armamento portátil, subfusiles, fusiles de asalto 5,56, ametralladoras, rifles de precisión, pistolas semiautomáticas, etc.
* Vehículos de diverso blindaje, pero de propulsión multirruedas.
* ROVs (Remote Operated Vehicle) vehículos operados a distancia.
* Software y hardware para la guerra cibernética.

Savio en su discurso a la Unión Industrial Argentina en junio de 1942 definió los lineamientos de lo que sería la planificación de la industria. Destacó primordialmente la “necesidad de protección, por lo menos en la etapa inicial” (y se refería a protección aduanera), y señaló: “Me siento en el deber de expresar, sin eufemismos, que sin una franca protección del Estado, todo este plan y cualquier otro, correrá igual suerte; porque es un secreto a voces que la producción universal de todos los productos que he enunciado está controlada por organizaciones poderosas, con medios suficientes para determinar crisis decisivas donde y cuando convengan”.

La reconstrucción de una política tecno-industrial para la Defensa debería surgir del consenso de políticos, militares, economistas, empresarios, técnicos y muchos otros argentinos con la capacidad necesaria para actualizar el proyecto elaborado por Savio adaptado al siglo XXI. Se debería estructurar sobre la base de leyes nacionales, alejadas de la posibilidad de quedar a merced de políticas erráticas de gobiernos que solo piensan en el corto plazo.

*General de División (R). Ingeniero Militar. Escribió el libro “Educar para este Siglo”

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