República Indefensa e Insegura

Nuestra política exterior no dispone, en la medida que corresponde, de un instrumento fundamental y funcional a la acción diplomática: las Fuerzas Armadas como medio de negociación.

Por: Jorge P. Mones Ruiz*

«Polemos panton men pater ésti»
(La lucha es el origen de todas las cosas)
Heráclito de Éfeso (540 a. C.)

 

Suele decirse que la diferencia entre un escéptico y un pesimista es que el pesimista es un optimista con información.

La situación que percibimos, tanto en el plano internacional como nacional, nos sumerge en un pesimismo agobiante, que nos paraliza y nos deja aparentemente impotentes ante la realidad cotidiana. Nos duele el presente, pero más nos duele el futuro porque pertenece a nuestros hijos y a nuestros nietos, y nosotros somos responsables de ese destino incierto y sombrío.

Un optimista no pierde la esperanza. Esta comienza a manifestarse a partir de la posibilidad y necesidad de informarse, como un primer paso para intentar construir una realidad tal que contraste significativamente con la que hoy soportamos, producto de los avatares de las crisis y conflictos que nos afectan.

Preocuparnos por la situación nos tiene que inducir a “ocuparnos” de la misma, para intentar cambiar el estado de cosas que comprometen el futuro de nuestro país.

Ciertamente, el lector comprobará que la complejidad y gravedad de los hechos que acontecen involucran a varios países, no sólo de la región. Estamos evidentemente ante una crisis global, que se proyecta sobre casi todas las naciones del mundo.

Pero la diferencia sustancial entre la República Argentina y la mayoría de esas naciones que nos debe llamar la atención, estriba en la fragilidad de las instituciones propias y la falta de calidad de las mismas que caracteriza a nuestro país y que parece agravarse. Hechos que van desde la inseguridad (aumento del delito, la violencia y la droga), la pobreza y el desempleo, el nivel educativo, la corrupción, el auge de la contracultura, la falta de representatividad de la clase dirigente, etc., así parecen demostrarlo.

Pero evidentemente en aquellos países en las cuales las instituciones funcionan, el Estado puede atemperar o minimizar los efectos no deseados de las nuevas amenazas y cumplir con su misión,  asegurando el bienestar, tranquilidad y prosperidad de sus ciudadanos y la integridad territorial de la Nación. No está ausente.

Nuestro caso es diferente.

LAS DOS GUERRAS

Hemos intervenido, sobre fines del siglo XX, en dos guerras. Una revolucionaria y otra convencional: la agresión del terrorismo marxista internacional y la reconquista de nuestras Islas Malvinas, usurpadas por el Reino Unido de Gran Bretaña. Semejantes episodios deberían obligar a reformularse muchas cosas, desde la política nacional y la estrategia general hasta las propias estrategias sectoriales, como la cultura, la educación, la defensa y la seguridad, entre otras.

Hay algo peor que perder una guerra: es perder la posguerra. Y eso nos ha pasado a nosotros; no hemos estado a la altura de las circunstancias. Permitir la mentira y la verdad disfrazada (pos-verdad o relato), la venganza maquillada como justicia, el desconocimiento y falta de reconocimiento de nuestros veteranos de guerra de Malvinas (héroes que bien podrían ser, muchos de ellos, considerados paradigmas contemporáneos de ese supremo sentimiento que es el amor a la Patria), son actitudes que constituyen una apostasía cívica que está destrozando la identidad y el espíritu nacional, nuestro sentido de “ser”. Perdemos nuestra calidad de ciudadanos (si alguna vez lo fuimos) para convertirnos en habitantes y consumidores,  cuando no marginados o un nuevo tipo social, “los mutantes” (basta con observar la conducta de ciertos adictos descerebrados y su comportamiento en la vía pública para comprobarlo).

Una sociedad (con instituciones incluidas) anémica, anómica y apática es menos resistente para neutralizar las amenazas exógenas y endógenas que se ciernen sobre ella, y consecuentemente sufre más las vicisitudes de los conflictos modernos.

No ser pesimista ante el cuadro de situación planteado hasta aquí, sería propio de alguien que vive una realidad virtual. Pero no debemos ser escépticos. Podemos mejorar y por eso debemos ser optimistas. Lograr los cambios necesarios dependerá de nuestra propia convicción y decisión para encarar una empresa restauradora de todo el cuerpo social e institucional de nuestra Nación.

Nuestra política exterior no dispone, en la medida que corresponde, de instrumentos fundamentales y funcionales a la acción diplomática. Me refiero a Fuerzas Armadas como medio de negociación. En el ámbito interno, las Fuerzas de Seguridad y Policiales pareciera que «aran en el mar» y sus acciones institucionales, gracias a la prédica inicua y altisonante del «evangelio progresista», alérgico a los uniformes, las convierten injustamente en victimarios. La falta de interés, cuando no los prejuicios ideológicos de la clase política o parte de ella, afectan sensiblemente la defensa nacional y la seguridad interior y/o pública. Las fuerzas mencionadas carecen de la capacidad operativa necesaria para cumplir con sus misiones, sea por restricciones presupuestarias, normas jurídicas inapropiadas o abolicionistas y un evidente desinterés o desconocimiento de los responsables políticos sobre estos temas: el estado de indefensión e inseguridad que existe en el país.  Realmente preocupante.

La mayor y más importante exigencia de cualquier comunidad que debe ser satisfecha es su demanda de protección y seguridad. Aquella que no puede salvaguardar la vida y bienes de sus miembros difícilmente podrá sobrevivir por mucho tiempo.

Más allá de las circunstancias históricas, aún cuando éstas cambien, «la guerra se nos presenta como el eje eterno, invariable alrededor del cual gira toda la existencia humana y que le da sentido a todo el resto» , sostiene Martin van Creveld en su obra La Transformación de la Guerra.

En el mismo sentido podemos coincidir en que «la guerra es un camaleón», como advirtió Raymond Aron  en su libro Pensar la Guerra y siguiendo a Clausewitz. Cambia siempre de naturaleza y de lugar en cada etapa histórica, adquiere características diferentes y en cada guerra presenta formas distintas. Pero nunca deja de manifestarse.

Henry Kissinger, desde la realpolitik, nos aclara la dimensión del problema, que si bien está referido a la Defensa y a las FFAA, también es válido para los conflictos internos que hacen a la seguridad de nuestros ciudadanos y que involucran a las fuerzas pertinentes (federales y policiales): “La habilidad diplomática puede aumentar pero nunca sustituir al potencial militar, la debilidad ha tentado invariablemente a la agresión y la impotencia trae en su estela la abdicación de la política” (Diplomacy).

Hoy, según varios autores, la Seguridad Internacional descansa en la capacidad de cada Estado de evitar que su caos interno trascienda sus fronteras. Dicho de otra manera, Estado que no resuelva sus problemas de seguridad podrían ser otros, eventualmente, los encargados de hacerlo para evitar que los mismos los afecten en sus propios territorios. Estaríamos ante una particular justificación de una «invasión en defensa propia», avalada por el concierto internacional.

Finalmente, conviene señalar que ambos conceptos, Defensa y Seguridad, se interrelacionan para el logro de la disuasión necesaria y eficaz que permita desalentar amenazas. En materia de disuasión debe invertirse con el mismo criterio empresarial que se aplica en la contratación de una póliza de seguros: a lo mejor no se utiliza nunca, pero hay que contratarla antes y por las dudas. Puede ser cara tal contratación, pero más cara puede resultar no tenerla.

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(*) Licenciado en Estrategia y Organización y ex Mayor del Ejército Argentino

Publicado en La Prensa – 04 de enero de 2020

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