Aniversario de la Fuerza Aérea Argentina

Al cumplirse este 10 de Agosto un nuevo aniversario de nuestra querida y gloriosa Fuerza Aérea, UPMAC rinde a sus hombres un justo homenaje transcribiendo una historia real escrita por uno de sus protagonistas.

LA GESTA DE MALVINAS

EXPERIENCIA DE GUERRA DE UN PILOTO DE CAZA (1)

Por el Brigadier D. Gustavo A. Piuma Justo (2)

En la madrugada del 21 de mayo Gran Bretaña inicia el desembarco. La noche anterior, nuestro Canciller había hablado por televisión, y expresado: “Ya no queda nada por hacer, vamos a la guerra”. Horas antes, sabía que integraba las tripulaciones que saldrían en la segunda oleada.

El espíritu de todo piloto de caza es muy particular. Tiene algo de lírico y bohemio; pero posee una firme personalidad, cuyo comportamiento quizá se asemeja al de los pumas. Estos, cuando están en pareja, se disputan la presa ferozmente; pero apenas se los ataca, se aglutinan inmediatamente.

Es por esto que todo piloto que alguna vez formó parte de una Unidad de Caza, tiene algo en común, quizá, su desafío a la vida, su osadía, su intrepidez, que hace que se unan ante el peligro, se protejan unos a otros en sus tácticas aéreas, sean buenos camaradas y leales amigos. En definitiva, formen un grupo humano disciplinado, profesional, austero y combativo, con un gran sentido del honor y la lealtad.

Aproximadamente a las nueve de la mañana, el Comando de la Fuerza Aérea Sur ordena la hora de ataque de nuestra misión y detalla el objetivo: dos fragatas tipo 42 que estaban bombardeando desde el estrecho de San Carlos las posiciones del Ejército y la Fuerza Aérea acantonadas en Darwin.

Despegué rumbo a las Islas, con el Capitán Adolfo Donadille y el Primer Teniente Jorge Senn. Nuestra velocidad era de aproximadamente 980 km/h. Ibamos paralelos a un valle, entre nubes y pequeños cerros. Estábamos a 1 minuto y 30 segundos del ataque. A lo lejos se divisaba el estrecho de San Carlos.

De pronto, el Primer Teniente Senn rompe el silencio radioeléctrico, e informa:

¡Cuidado, viene un Harrier de frente!

¡Atención! -respondo- ¡Son más de dos!

No teníamos alternativas. Eyectamos las bombas y tanques de combustible y por la situación táctica, nos vimos obligados a entrar en combate aire-aire, a pesar de que disponíamos únicamente de 150 proyectiles de 30 mm por cañón.

Rápidamente puse poscombustión y trepé casi en la vertical. En ese momento un Harrier se cruza de frente y en descenso. Viro bruscamente a la derecha, para mejorar la posición de ataque, cuando veo a mi izquierda el desarrollo del combate del numeral 3 de la escuadrilla, el cual es derribado por un misil lanzado por otro Harrier, que se encontraba a 90º y muy abajo de nosotros. Alcanzo a gritarle desesperadamente al primer teniente Senn que cierre el viraje. Era tarde: el misil impacta en la cola de su avión, y comienza rápidamente a incendiarse.

Trato de comunicarme por radio con el capitán Donadille, y no me contesta. Me había quedado solo. Desciendo bruscamente en dirección a un Harrier que estaba a muy baja altura. Me acerco vertiginosamente y comienzo disparar mis cañones, pero suspendo el tiro pues estaba todavía lejos y en mi primera ráfaga no había visto las municiones trazadoras, que me darían una idea aproximada de la puntería.

Cuando decido suspender el tiro, estaba a 20 o 30 metros de altura. La velocidad era de aproximadamente 800 Km/h. Observo rápidamente el indicador de combustible, ya no puedo regresar al continente. En ese preciso momento siento una tremenda explosión en mi avión: un misil Sidewinder lo impacta de lleno.

La máquina se vuelve incontrolable, instintivamente tiro del comando y el avión sube descontroladanente, inclinándose a la derecha. Me siento sofocado, tengo la sensación de que me quemo, me acerco rápidamente a un cerro. Fue al allí cuando decidí eyectarme.

No recuerdo nada más, el impacto con el aire me desmaya, me despierto tendido en el suelo, con el rostro hacia el cielo y las manos cruzadas en el pecho.

Intento incorporarme, lo que me causa mucho dolor. Llevo las manos al rostro y me sorprendo al verlas manchadas de sangre. Me faltan los guantes. Había perdido el reloj, la máscara de oxígeno y el casco de vuelo. Tenía enganchado el paracaídas y afortunadamente el equipo de supervivencia todavía seguía al lado de mi cuerpo. A medida que tomaba conciencia de mi condición física, comenzaba a preocuparme seriamente: sangraba por boca y nariz, tenía dificultades para respirar y, fundamentalmente, un fuerte dolor en la espalda y en el tobillo derecho.

Comienzo a rezar.

Me arrastro hacia un arroyo y el agua me refresca el rostro. Me asombro, un serio hematoma del lado izquierdo me impide ver bien. Me lavo la cara, tomo mucha agua, que me reanima, y empiezo a tranquilizarme.

Inflo el bote salvavidas.

Así tirado en el suelo voy arrastrando el bote. Junto con él venían todos los elementos mencionados, incluso una radio, un espejo de señales y una linterna. Coloco todos ellos dentro del bote, me desengancho el paracaídas y lo extiendo como puedo. Aproximadamente a 1.000 o 1.500 metros de distancia hacia el valle y en un cerro no muy elevado, distingo una casita, quizá un rancho o una tapera.

Decido incorporarme, e intento arrastrar el bote; pero ese gran esfuerzo con los antebrazos me lo impide. No podía dejar todos esos elementos, de algún modo debía llevarlos, sería mi salvación.

Me quedo un instante meditando. Se me ocurre hacer un lazo en el extremo de la soga que une al bote, y después de mucho esfuerzo coloco el lazo alrededor de mi cintura. Me incorporo y comienzo mi marcha. Estaba decidido a seguir viviendo, a seguir luchando por la vida. Aún cuando tuviera que arrastrar el bote, no iba a perder la oportunidad que Dios me daba de sobrevivir. Esto era un calvario. Si, muy bien, Cristo había superado mucho más y El me extendía una mano. Adelante, pues.

Pensando en el camino de la Cruz, comencé a caminar. Apenas había caminado 300/400 metros, todavía el refugio estaba lejos. Llegó la noche, pensé en seguir caminando, pero la noche era muy cerrada y temía desorientarme; busqué un pozo donde estar al resguardo del viento. Saqué todas las cosas que estaban en el bote, y me metí dentro de él, me tapé con el paño, que está adherido a los bordes con un cierre tipo velcro y me coloqué una capucha que me permitió estar bastante protegido del viento y de la lluvia.

Esa noche cuando levanté los ojos, me encontré con un cielo despejado. Había dejado de llover, y un cielo de color azul intenso y estrellado me cubría como si fuera un manto. Qué espectáculo maravilloso. ¡Qué soledad! Nunca había distinguido con tanta nitidez la Cruz del Sur. La observé extasiado, bellísima, en ese sector tan austral de nuestro país.

Al día siguiente la hemorragia de boca y nariz había cesado. Mi respiración era ya más controlada. Solo el tobillo y mi columna seguían con mucho dolor y apenas amaneció ese 22 de mayo comencé nuevamente mi marcha. Me concentré fundamentalmente en la posición de mi tobillo derecho, debía pisar siempre hacia afuera y de ese modo el dolor se podía controlar. La posición que adopté, como agazapado, hacía soportar mi problema en la columna vertebral.

Había perdido la noción del tiempo; el reloj lo había extraviado y decidí que por cada caída debía rezar un rosario y luego incorporarme. Me dio resultado: una hora después estaba frente a un alambrado de cinco hilos, que rodeaba el puesto.

La casa o tapera era de chapa, tenía un ancho de 2 metros por 3 de alto y una puerta de madera. Al abrirla, observé que la mitad del piso estaba cubierto de abundante lana; hice un mullido colchón, me recosté y dormí profundamente 15 o tal vez 20 minutos.

Sobre una de las paredes del refugio efectué siete marcas paralelas y taché la primera, pensando que llegado el séptimo día iniciaría la marcha hacia Puerto Howard, que yo creía que estaba aproximadamente a 5 km del lugar de la eyección.

Cuando estaba intentando cortar los cordones de la bota de mi pie derecho, escucho el ruido característico de las palas de un helicóptero. Rápidamente tomo una bengala diurna, y arrastrándome llego al borde del cerro. Allí abajo veo un helicóptero, pero no distinguía muy bien si era británico o argentino. En uno de sus giros alcanzo a distinguir la escarapela Argentina, y lanzo la bengala. Un humo anaranjado cubre la colina.

¡Qué emoción indescriptible! De espaldas a la tierra miraba fijamente el helicóptero, que se acercaba lentamente. Los recuerdos de mi infancia, de mi juventud, de mi mujer, de mis hijos…, pasaban vertiginosamente por mi memoria. ¡Qué maravillosa era la vida!

Pasados ya más de seis años de aquellos acontecimientos, veo las cosas desde otra perspectiva y siento que puedo evaluar cada una de las circunstancias con mayor serenidad. El tiempo suaviza asperezas y sirve para atenuar y colocar en su justa y verdadera armonía aquellas vibraciones del cuerpo y del espíritu, experimentadas cuando la sucesión de hechos inesperados no me permitían siquiera vislumbrar el desenlace.

En primer lugar, en pleno vuelo hacia la misión encomendada, me sentía inmerso en una tremenda soledad. La inmensidad del cielo y del mar austral enclaustraban mi espíritu, y me hacía sentir más cerca de Dios o, mejor dicho, más consustanciado con lo divino que con lo humano y de repente, como un relámpago, cruzaba por mi mente la clara certeza de que también en esos momentos comulgaba con mi Patria y entendía la empresa en toda su plenitud.

Porque allí estaba mi Dios y allí mi Patria, herida y mutilada. Más tarde, el infortunio de la pérdida de mi avión, mi caída a tierra, mis esfuerzos para recomponer la situación y el heroísmo de mis camaradas del helicóptero de transporte que me rescataban. Otra parte de esa historia que ha de quedar grabada en mi memoria con imperecedera vitalidad y que merece ser mostrada y difundida a los cuatro vientos de la República.

Entonces, ¿qué es el hombre de armas, después de la guerra?… Vuelve a ser un ciudadano común; pero, esta vez cargado con el peso de sus camaradas muertos, de los héroes que ofrendaron su vida en combate, de los recuerdos tristes de los amigos perdidos, de su propia experiencia frente al peligro, de los que quedaron y de los que volvieron.

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(1) Extracto del relato original, proporcionado por el autor para su publicación.

(2) Durante el episodio relatado se desempeñó como Oficial de Escuadrilla con el grado de Mayor , tenía 38 años de edad.

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