La gloriosa Gesta de MALVINAS

Malvinas 2Al cumplirse 33 años del desembarco de nuestras Fuerzas Armadas en Puerto Argentino, la Unión del Personal Militar Asociación Civil desea rendir un justo homenaje a quienes lucharon honorablemente defendiendo nuestro Pabellón, y muy especialmente a quienes ofrendaron su vida, dándonos un ejemplo que debemos honrar manteniendo nuestras convicciones frente a toda adversidad.

Nuestros soldados actuaron heróicamente en aquélla gesta y no podemos dejarlos en el olvido ni permitir que sean injustamente vilipendiados. Por ello publicamos aquí una de las tantas acciones que honran a nuestras queridas Fuerzas Armadas. A todos ellos, nuestro mayor reconocimiento.

La Comisión Directiva


 El BIM 5 y su Jefe

 Testimonio del Contraalmirante Carlos Robacio

“Los bajamos sin asco y los paramos” (*)

 El Batallón de Infantería de Marina 5, reforzado con 200 hombres del Ejército (Escuadrón de Exploración de Caballería 1),  pasó a ser una leyenda heroica por su extraordinario desempeño en la guerra de 1982.

Esa unidad fue entrenada, formada y preparada para el combate por su Jefe, el entonces Capitán de Fragata Carlos H. Robacio. Este bravo infante de marina correntino nació en 1933 y falleció en 2011. Recibió numerosas condecoraciones, entre ellas “La Nación Argentina al Valor en Combate”.

Ya en Malvinas, Robacio combatió al frente de sus hombres de una manera tan decidida que asombró al enemigo. Así por ejemplo, dice M. Hasting en “La batalla por Malvinas”: “Los Guardias Escoceses (tropa de élite) podían oír a los argentinos gritar e incluso cantar mientras luchaban. Eran las mejores tropas… el 5° de Infantería de Marina argentina”.

The Sunday Times dijo: “No se rindieron ni se retiraron los argentinos en la montaña de Tumbledown, donde la Guardia Escocesa debió enfrentar la mas violenta de todas las acciones. Allí se hallaba el Batallón de Infantes de Marina argentinos muy expertos y bien atrincherados que disparaban sin cesar y de una manera impresionante”.

Robacio y su BIM 5 no acataron la orden de rendición el 14 de Junio de 1982. Siguieron combatiendo con furor hasta agotar la munición y luego en combate cuerpo a cuerpo al arma blanca. Entraron a Puerto Argentino en perfecta formación, armas al hombro y a paso de desfile. Los ingleses, asombrados por tanto derroche de coraje, se formaron para saludarlos militarmente y recibirlos con honores.

Este es el testimonio de Robacio:

Tenía a mi mando 700 hombres del Batallón, y alrededor de 200 efectivos del Ejército, con los que luchamos en el momento más critico y más feróz del ataque británico; pese a ello, se registró un grado increíblemente ínfimo de bajas: 30 muertos y 105 heridos. Como contrapartida, les provocamos al enemigo el más alto número de muertos: aunque no lo reconocen oficialmente, en la zona donde peleó el BIM 5 los británicos perdieron 359 hombres, ¿de dónde saco esa cifra? ellos mismos me la dijeron.

De los 74 días que pasamos en Malvinas, 44 recibimos fuego permanente sin poder responder. Solo los 4 o 5 últimos días fueron de real combate para nosotros… Recuerdo un momento del último día, el 14 de junio, a las 10 y media de la mañana. Era un momento muy crítico. Nos estábamos replegando sobre Sapper Hill, desde Tumbledown y Williams.

Veo que el segundo comandante, Daniel Ponce, Capitán de Fragata, cae agotado, rendido. El fue un segundo comandante perfecto, un ejemplo. Cuando cae, dos conscriptos van a auxiliarlo. No estaba herido. Estaba agotado, no podía más. Ponce ordena a los conscriptos que lo dejen. Ellos le dicen: “Si hay que morir, morimos los tres”. Lo ayudaron, lo levantaron, lo llevaron y los tres salieron con vida. A esto yo le llamo cohesión.

Todos sabían lo que estaban haciendo. Me conmovió la entrega del Subteniente Silva, del Ejército, que se incorporó a mi unidad cuando se replegó el Regimiento 4. Silva era un valiente. Muy joven, pero muy decidido. Vino y me dijo que lo destine en el lugar donde se iba a luchar más duramente.

Fue a Tumbledown. Murió con sus 4 soldados, peleando con la mayor bravura. Allí estaban los escoceses (muy buenos, como los paracaidistas ingleses) y los famosos gurkhas, que eran pura propaganda. Caían como moscas. También recuerdo a un conscripto que desobedeció mis órdenes. En un momento del combate en que los británicos eran rechazados, él corre detrás de ellos, baleándolos sin parar. Yo le ordeno que se detenga. Pero él sigue. El fuego enemigo lo alcanza y cae muerto. Yo mismo lo enterré, estaba a 500 metros delante de las posiciones en que debía estar…y rodeado de enemigos muertos.

Actos de arrojo así hubo a montones, aunque no por desobedecer mis órdenes.

Yo no soy ni bravo, ni valiente, ni nada por el estilo. Soy un hombre común. Tengo miedo cuando cruzo la calle. Pero en Malvinas no pude tener miedo. No pude tenerlo porque creo que Dios no me dejó tenerlo, y la preocupación por mis hombres, su entrega, obviamente no me podían permitir el privilegio de tener miedo.

Sí, sentí amargura. Ha sido la más grande amargura de mi vida, en dos momentos críticos: uno, cuando tuve que ordenar el inicio del repliegue hacia Sapper Hill; y el segundo, terrible, cuando entró mi batallón, desfilando, armas al hombro, entero, a Puerto Argentino. Eso significaba la rendición. Ahí aflojé. Más de uno me habrá visto llorar.

A las 3 de la madrugada del 14 de junio hicimos uno de los contraataques más intensos contra el enemigo, en Tumbledown, junto con la compañía de Ejército del Mayor Jaimet. Ellos son los que chocan con los famosos gurkhas.

Los nuestros eran más o menos 150 hombres. Ellos eran entre 800 y 1.000. Allí concentré fuego de la artillería de Ejército. Según me contó luego el General inglés Wilson, de la Quinta Brigada –con quien conversé cuando estuve prisionero- allí sólo quedó un tercio en pie.

Los barrimos. Aunque ahora lo niegue, fue así.

Todo un regimiento de ellos chocaba contra 60 u 80 hombres míos, y los bajamos sin asco, y los paramos. Una de las preguntas que me hicieron fue por qué no había contraatacado, si les habíamos quebrado el ataque. Yo tenía a la Compañía Mar lista para el contraataque. Pero la realidad es que, cuando podíamos hacerlo, ya no teníamos munición.

Por otra parte, había llegado la orden de repliegue. Sobre nuestras posiciones caían mil proyectiles de obuses por hora, además del bombardeo naval, más los aviones y los helicópteros. Era tremendo. Así y todo, podíamos haber contraatacado, de haber tenido un poco de munición. Pero, no hubiera cambiado el curso de la batalla. La suerte estaba echada. Claro: los ingleses no sabían mi situación real. Esperaban el contraataque nuestro.

Rezaban, me dijeron, para que no contraatacáramos. Pero… ¿Con qué?… Cuando les conté que nosotros éramos un batallón, no lo podían creer. También recuerdo que, en el momento de decidir el contraataque, llamo a los oficiales de mi Estado Mayor y les cuento mi plan. Tomo la carta y hago un esbozo de las órdenes. Ellos se miran entre sí. No dicen nada. Cumplen. Pero después del 14 de junio, a mí me había quedado una duda: ¿por qué se miraron entre ellos? Un día se los pregunté. Me dijeron que pensaban que yo estaba loco. Entonces, una vez que pasaron las cosas y terminó, yo seguí preguntando: ¿Y ustedes qué hubieran hecho, aún así? “Hubiéramos cumplido la orden. Punto”.

Eso era el BIM 5. Eso es lo que vale. La confianza. Pero quisiera destacar que en Malvinas cada uno luchó con lo que pudo, y con lo que tuvo. Por cada uno de nosotros caían seis o siete de ellos. Ahora ya saben que no les tenemos miedo, que no somos indios y que sus soldados no van a venir de pic-nic.

En las horas más oscuras… ¡¡¡Que viva la patria!!!

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(*) Artículo publicado en la Revista NUEVA ARGENTINA

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