La necesidad urgente de caminos de reencuentro

Por Mons. Santiago Olivera

Al terminar un año e iniciar otro, nos suscita a muchos el deseo de pensar en un mundo mejor y trabajar por tanto para ello. El 1 de enero celebramos la Jornada Mundial de la Paz y se tituló el mensaje del Papa Francisco: «Nadie puede salvarse solo. Empezar de nuevo desde covid-19 para trazar juntos caminos de paz» Y quiero compartir estas reflexiones con el título que lleva el capítulo séptimo de la Encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco, de octubre del 2020, Caminos de Reencuentro”, animado por este deseo papal. Este documento pontificio que trata sobre la amistad social y la fraternidad nos invita a todos a meditar sobre el modo en que estamos transitando por este mundo y el legado que estaremos dejando para el futuro.

Sin lugar a duda, es una encíclica para reflexionar, rumiar y poner en práctica. Como maestro de la fe, como pastor, con el significado que el Papa tiene en la Iglesia, su palabra para nosotros es rectora. En este caso concreto nos invita volver a pensar y repensarnos a la vez como amigos y hermanos de todos. Esta Encíclica es también una oportunidad y un desafío para encarnar en
nuestra propia realidad argentina este mensaje para todos. Al Papa no debemos leerlo de un modo parcial como a veces vemos que sucede en nuestra patria. Conocer su mensaje y sus palabras nos debe motivar a desear a seguir sus consejos y sus enseñanzas, como también a descubrir su mirada profética.

Tenemos la necesidad de recuperar el tratarnos como hermanos siempre. El mensaje del 28 de diciembre último de la comisión ejecutiva del Episcopado Argentino va en esta línea; “nos invitan – los obispos- a dejar de lado todo lo que acreciente las divisiones y a superar la desmesura que nos lleva a agredir y descalificar a quienes no piensan como nosotros”. La historia vivida en estos últimos cincuenta años ha ido ahondando distancias hasta tal punto que decir algo de aquellos oscuros tiempos con objetividad nos pueden significar de uno u otro lado insultos y agravios que no es lo que se busca. Ilumina y me anima el pensamiento del beato polaco Jerzi Popieluzko: “Decir la verdad con coraje es el camino que lleva directamente a la libertad.

Un hombre que dice la verdad es libre a pesar de la esclavitud externa o de la prisión”, una extraordinaria ciudadana de nuestro país me compartió ante mi felicitación y gratitud por lo dicho en un artículo suyo sobre los derechos humanos: “Nunca un artículo mío- me dijo- recibió comentarios tan odiosos que demuestran cuan herida está el alma de nuestro país…” Como creyente rezo para que puedan cicatrizar tantas heridas de nuestra patria, es doloroso escuchar que nuestra alma argentina está muy herida. Los creyentes debemos rezar y obrar.

Ciertamente no hay que olvidar los acontecimientos graves que han ocurrido en nuestro país, pero es oportuno tener presente tiempos de perdón y los tiempos de verdad a los fines que el “nunca más” sea una efectiva realidad. Que la memoria nos debe ayudar a evitar los atropellos de una u otra parte, teniendo bien presente que las acciones lesivas de los derechos provenientes del estado comprometen una mayor responsabilidad y una mayor gravedad. Pero ello, no admite una impunidad para faltar a los derechos más fundamentales, percibiéndose –en ese caso- que los derechos humanos no son iguales para todos, como señala Francisco en el número 22 de la encíclica mencionada.

En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleguen a cicatrizar las heridas. Se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia, dice el Papa (n° 225). Que importante que nosotros podamos decir y reconocer que, en Argentina, en nuestras ciudades, en nuestras familias también hacen falta caminos de paz que ayuden a cicatrizar heridas. Hacen falta más artesanos de la paz. Que significativo además es que Francisco pueda decirnos en esta encíclica que la clave esté en transitar todo desde la verdad y no desde el olvido. Refiere: “Los que han estado duramente enfrentados conversan desde la verdad, clara y desnuda.

Les hace falta aprender a cultivar una memoria penitencial, capaz de asumir el pasado para liberar el futuro de las propias insatisfacciones, confusiones o proyecciones. Sólo desde la verdad histórica de los hechos podrán hacer el esfuerzo perseverante y largo de comprenderse mutuamente y de intentar una nueva síntesis para el bien de todos “(n° 226). Nosotros ciertamente queremos la paz. Además, para los creyentes, sabemos que aquellos que trabajamos por la paz seremos llamados hijos de Dios. El Papa nos recuerda que “el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo y que es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y que se abre paso a paso a una esperanza común más fuerte que la venganza.” (n° 226, remitiéndonos al Mensaje de la 53 Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero de 2020).

Que eco hace en nuestro corazón escuchar de parte de Francisco que la verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. “Las tres juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas. La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos.” (n° 227). Continúa el Papa hablando de las distintas maneras de vivir la verdad, en el contexto de la violencia y en confesar que pasó en tantos acontecimientos. ¿Quién no puede sentirse conmovido e interpelado en nuestra querida Argentina?

Debemos reconocer que la violencia engendra más violencia y que el odio engendra más odio y que la muerte engendra más muerte y que la injusticia atenta contra la paz. La mirada del Santo Padre, sin lugar a duda, está puesta en la esperanza en el ser humano porque “nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él promesa que deja siempre un resquicio de esperanza.” (n° 228). Existen algunas tendencias -y a mí me lo han señalado al comienzo de mi labor como Obispo Castrense- que recomiendan no hablar de reconciliación y que se trataba de una palabra gastada, que tenía interpretaciones variadas y que caía mal en una parte de la sociedad argentina.

Sin embargo, siempre creo que los cristianos tenemos claro que significa la reconciliación. La reconciliación es un punto muy importante de nuestra doctrina cristiana. El Papa nos recuerda lo que señalaron los obispos de Corea del Sur: “una verdadera paz sólo puede lograrse cuando luchamos por la justicia a través del diálogo, persiguiendo la reconciliación y el desarrollo mutuo” (n° 229). Algunos no prefieren hablar de reconciliación ya que entienden que el conflicto, la violencia y las rupturas son parte del funcionamiento normal de una sociedad. Otros creen que la reconciliación es cosa de los débiles, pero nosotros sabemos que el perdón y la reconciliación, como señalé, son temas muy asentados en nuestra fe cristiana y también en otras religiones. Hay que dejarse moldear y transitar estos caminos de reconciliación y reencuentro que nos llevarán a la paz.

Me parece un punto central recordar que la Argentina es un país de todos. Cuando creemos que nuestro pensamiento es la única verdad, o mi visión o mi memoria es los único que cuenta podemos hacer realidad que sólo es un país de algunos, de hecho, no pocas veces descalificamos o ignoramos a aquellos que no ven ni piensan como yo la realidad, y sin embargo todos tenemos que mirarnos como hermanos. Todos tenemos que experimentar el gozo de la pertenencia a esta patria, a esta historia nuestra, a esta realidad que hoy vivimos. Pertenencia a este país con sus luces y sus sombras, con sus distancias y enemistades, con alegrías comunes. Nos recuerda el Papa que el esfuerzo duro por superar lo que nos divide sin perder la identidad de cada uno, supone que en todos permanezca vivo un básico sentimiento de pertenencia.

Porque “nuestra sociedad gana cuando cada persona, cada grupo social, se siente verdaderamente de casa” (n° 230). Y este es un gran desafío. Todos debemos sentirnos en casa, no extranjeros en nuestra propia patria. Este es el gran desafío, hacer que todos se sientan en casa. Así como en la iglesia debemos buscar que todos se sientan cómodos, que tienen un lugar entre nosotros aquellos que en el mundo están incómodos o en las periferias, también en nuestra patria todos debemos sentirnos cómodos, parte y no jueces. Para ello están los jueces, para juzgar y me permito un (paréntesis) debemos rezar por nuestros hombres y mujeres de la justicia. La justicia es clave, ella no puede ser robada, ni maltratada, manoseada, ni sospechada.

Creo que muchas veces nos hemos experimentados frágiles y débiles y sabemos y sentimos que muchas veces como sociedad, como colectivo, hemos equivocado el rumbo. Al comenzar mi ministerio como Obispo Castrense compartía que quería construir puentes ya que, lamentablemente, existen zanjas, que podríamos también llamar grietas, que nos dividen. El Papa nos recuerda que es muy necesario negociar y así desarrollar cauces concretos para la paz. Pero los procesos efectivos de una paz duradera son ante todo transformaciones artesanales obradas por los pueblos, donde cada ser humano puede ser un fermento eficaz con su estilo de vida cotidiana. Las grandes transformaciones no son fabricadas en escritorios o despachos. Entonces “cada uno juega un
papel fundamental en un único proyecto creador, para escribir una nueva página de la historia, una página llena de esperanza, llena de paz, llena de reconciliación”. (n° 231).

Este documento sobre la amistad social también nos remite a la esperanza. Señala Francisco que no hay punto final en la construcción de la paz social de un país, sino que es “una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer?en el esfuerzo por construir?la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común.” (n° 232). 

Queda claro que trabajar por la paz, por el reencuentro y por la amistad social no implica olvidar sin más y mirar para adelante sin tener memoria u ocultarla. “La reconciliación es un hecho personal que nadie puede imponerla al conjunto de una sociedad, aun cuando se debe promoverla”, como refiere el Papa Francisco en el n°. 246. También es importante pensar que no hay que olvidar. No se puede olvidar la Shoah, no se puede olvidar lo que pasó en Hiroshima y Nagasaki. No podemos olvidar lo que pasó en nuestro país. Este “no olvido” tiene el objetivo de evitar que esos acontecimientos luctuosos se repitan. Nos dice el Papa que
“no podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno”. (n° 248), y creo que el no olvido supone todo el marco vivido, porque fragmentar lo ocurrido, ocultando o silenciarlo corremos el riego de construir para el mañana un mundo más injusto y menos fraterno. Con humildad y verdad, esto estamos logrando en muchos de nuestros comportamientos actuales.

Por último, me quiero detener en las palabras del Papa acerca de la guerra, la pena de muerte y la condena de cadena perpetua. Son palabras que Francisco pronuncia y eleva al mundo y que intentan, por cierto, plasmarse en actitudes y en leyes que contemplen el “nunca más la guerra”, el “nunca más la venganza” y donde siempre prime la justicia. Cómo lo hemos señalado más arriba, nos recuerda el Santo Padre que muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos humanos no son iguales
para todos (n° 20) y que la igualdad de derechos está fundada en la misma dignidad humana. El n°. 268 refiere: “Todos los cristianos y los hombres de buena voluntad están llamados, por lo tanto, a luchar no sólo por la abolición de la pena de muerte, legal o ilegal que sea, y en todas sus formas, sino también con el fin de mejorar las condiciones carcelarias, en el respeto de la
dignidad humana de las personas privadas de libertad.

Muchos muertos inocentes porque no lo probó o lo manifestó oportuna y claramente la justicia. Somos testigos de penas de
muerte encubiertas. Muy triste que hoy siga sucediendo en nuestra Patria, bajo la bandera de la defensa de los derechos humanos y como dije que otras oportunidades es un contrasentido creer que defendemos esos derechos actualizando nuevos modos de atentados contra los mismos. Es oportuno recordar aquí un párrafo de la carta del Santo Padre Francisco enviada el 9 de
noviembre del corriente años al presidente de la Asociación de Profesores de Derecho Penal, Alejandro Slokar, decía el Papa: “En anteriores ocasiones señalé la misión que tienen los juristas para contrarrestar la irracionalidad punitiva y observé con preocupación el uso arbitrario de la prisión preventiva…”

Es el deseo de muchos que esta Encíclica que nos ha regalado Francisco nos permita crecer como sociedad en amistad y concordia, buscando siempre el bien común en verdad, historia, memoria y justicia.

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